Obviamente, la independencia es la única solución para el conflicto del Sáhara Occidental.


Por Lehbib Abdelhay /ECS

Madrid (ECS). - El 27 de febrero, el Frente Polisario conmemoró el 45 aniversario de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada en 1976 como legítimo gobierno del territorio del Sahara Occidental. 

Durante la celebración (que tuvo lugar en el campo de refugiados de Auserd, en la región de Tinduf, donde se encuentra la sede del gobierno de la RASD) el Polisario denunció la prolongación del status quo político respecto del territorio, cuya soberanía también reclama Marruecos. Es necesario salir de esta parálisis, y la Unión Europea debe ayudar a lograrlo.

Son múltiples los lazos entre la UE y el  Sáhara Occidental. Además de la proximidad geográfica, la región fue colonia española y tiene vínculos muy profundos (a menudo de índole personal) con España. Para los miles de españoles que verano tras verano han compartido sus hogares con jóvenes saharauis, la cuestión del Sáhara Occidental es un asunto de familia con alto impacto emocional.

Tras la ocupación del territorio por parte de Marruecos, se produjo un desplazamiento masivo de saharauis, muchos de los cuales ahora languidecen en campamentos instalados en el desierto, obligados a depender de la ayuda humanitaria. Y su vulnerabilidad podría agravarse. El Sáhara Occidental lleva décadas en el limbo, pero una sucesión de acontecimientos recientes ha conjurado el fantasma de una nueva ola de violencia, en la que los más perjudicados pueden ser los saharauis.

El pasado noviembre, el Polisario declaró nulo y sin efecto el alto el fuego logrado en 1991 bajo los auspicios de Naciones Unidas, que puso fin a dieciséis años de insurgencia, dejando a la RASD con el control de más o menos el 30% del territorio y a Marruecos ocupa el resto.

Señaló en tal sentido la decisión de Marruecos de desplegar tropas en una zona neutral patrullada por la ONU con el objetivo de reabrir una ruta comercial ilegal que conecta áreas del Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí con la vecina Mauritania. Manifestantes saharauis habían bloqueado la ruta un mes antes, tildándola de ilegal, ya que viola el Plan de Arreglo de 1991.

Marruecos dice que seguirá respetando el alto el fuego, pero también anunció que reanudará operaciones militares. Una contradicción digna de su falsa diplomacia.

Pocas semanas después, el entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, reforzó la posición marroquí, al anunciar por tuit que Estados Unidos reconocería la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, a cambio de que Marruecos normalice relaciones con Israel.

El conflicto saharaui empieza a obligar a Marruecos a usar su maquinaria propagandística y que ha provocado a países como Alemania criticar y denunciar la acción de Trump. Esto, sumado a la decisión a principios del año pasado de no invitar a Marruecos a una conferencia que organizó para tratar el conflicto en Libia, es el motivo aparente de la decisión marroquí de suspender contactos con la embajada alemana en Rabat. En la misma línea, España y Marruecos mantienen desde el pasado diciembre una tensión diplomática a raíz de la cuestión saharaui, un tema presente en sus agendas y del que sus líderes y representantes han manifestado una distancia al respecto. 

El gobierno español es incapaz de pronunciarse con claridad, pero tampoco condena el papel de Marruecos como potencia ocupante y agresora en los territorios ocupados. Mientras Marruecos actúa con cierta inmadurez llamativa y, llegando a jugar con la vida de miles de menores y jóvenes abriéndoles las puertas de la valla de Melilla, espera de Occidente, -que le ha consentido y apoyado durante años esta estafa intelectual- una renovación y declaración firme a su ocupación de la última colonia de África. 

La disputa por el Sáhara Occidental siempre ha estado envuelta en un conflicto de interpretaciones. Frente a la decidida acción del Polisario por ganarse el apoyo de la opinión pública internacional, Marruecos ha respondido en general con el silencio, y no porque esté menos comprometido con la causa, sino porque para el gobierno marroquí no hay nada que discutir: el Sáhara Occidental es parte del territorio soberano de Marruecos, y punto. La jugada es sencilla.
 
De las más de 50 resoluciones que la Asamblea General de la ONU aprobó en relación con el Sáhara Occidental desde 1975, sólo dos (de 1979 y 1980) hablan de ocupación, y las dos fueron sumamente polémicas. Y ninguna de las 69 resoluciones del Consejo de Seguridad sobre el Sáhara Occidental hace referencia al término ocupación.

Lo que sí contienen esas resoluciones es un llamamiento a las partes (en términos repetitivos) a negociar un acuerdo político, sea en la forma de un referendo por la independencia (como exige el Polisario) o de un acuerdo que convierta al Sáhara Occidental en una región autónoma (como propuso Marruecos). A tal fin, el Consejo de Seguridad ha extendido en forma reiterada el mandato de la MINURSO (Misión de la ONU para el referéndum en el Sahara Occidental).

El Frente Polisario argumenta que la ONU no hizo lo suficiente para concretar el referéndum, y en lugar de ello, su misión solo sirve para perpetrar un status quo que mantenga los intereses coloniales y geoestratégicos intactos. Las negociaciones entre Marruecos y el Polisario, bajo el auspicio de la ONU y con Argelia y Mauritania como observadores, están suspendidas desde principios de 2019.

El status quo en el Sáhara Occidental (y más en general, en el Magreb) no es sostenible. Una evolución del conflicto armado generaría inestabilidad política en toda la región, mientras que la ocupación de facto marroquí impide por completo el desarrollo sostenible de un estado saharaui independiente de la que Europa podría beneficiarse y concretar grandes acuerdos en materia de estrategia económica y de seguridad a sus fronteras. 

El presidente estadounidense Joe Biden ha expresado públicamente el compromiso de su gobierno con el reinicio de las negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario (sin que parezca probable que revierta el reconocimiento otorgado por Trump a la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, como esperaba la UE).

La UE debe asumir un papel central en esta iniciativa: los lazos de Europa con el Sahara Occidental (y los valores fundamentales de la UE) así lo exigen.

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