Los Estados Unidos sigue deshojando la margarita en el Sáhara Occidental.


Por Mah Iahdih Nan /ECS 

Madrid (ECS). - La política norteamericana nunca ha sido aceptada ni bien acogida, fuera de las fronteras de los Estados Unidos (EE.UU). El rechazo a la política americana en el mundo ha sido la nota predominante, a excepción de sectores minoritarios en Occidente, que lo hacen impulsados por la ignorancia y el sentimiento gregario que caracteriza a gran parte de la especie humana. Este rechazo, es el resultado de una política marcada por su carácter injerencista, belicista y agresivo, que ha provocado que en muchos rincones del planeta culpen a los norteamericanos de la mayoría de las desgracias y guerras que asolan el mundo. Aunque su política no guste a casi nadie, siempre se le ha reconocido su firmeza, decisión, persuasión, coherencia y seguridad en la defensa de sus intereses por encima de cualquier otra motivación.

Sin embargo, con la llegada del nefasto Donald Trump y su rescate del neoconservador concepto America First, desdibujó la política exterior norteamericana y la despojó de sus rasgos identitarios más característicos, sometiéndola a un aislamiento sin precedentes en los últimos 100 años. 

Siete meses después de la llegada de Joe Biden, nada ha cambiado y su administración se está dejando llevar por un lado por la inercia de la política de Trump y por otro lado, por una diplomacia ambigua, confusa e imprecisa, nada habitual en la política exterior norteamericana.

El subsecretario de Estado para asuntos de Oriente medio Joey Hood de visita, estos días, por varios países del Magreb y del Golfo, ha insistido en esa política errática e indecisa que está practicando la administración Biden, desde su llegada al poder. La política norteamericana siempre se ha caracterizado por la claridad y el lenguaje sin tapujos, que en innumerables ocasiones le ha granjeado más de un disgusto con sus aliados, precisamente por ese lenguaje directo y franco. Sin embargo, con la llegada del equipo de Biden, estamos asistiendo a un lenguaje y unos comportamientos, caracterizados por las evasivas y la complacencia con el oyente, actitudes  propias de otras diplomacias occidentales, pero no de la norteamericana.   

Concretamente, en el caso de la descolonización del Sáhara Occidental, El Sr. Joey Hood, al igual que todos los diplomáticos americanos de la administración Biden, que se han pronunciado en relación con este tema, siempre han intentado capear el asunto según el escenario y las circunstancias, utilizando un lenguaje indeterminado. Nadie ignora que afrontan la disyuntiva entre la influencia del poderoso lobby judío y la pretendida vuelta de los Estados Unidos a la legalidad, el derecho internacional y el multilateralismo. Este dilema y concretamente en el asunto Saharaui, ha provocado que presenciamos una política norteamericana desconocida e impredecible.

Lo que no es propio de la diplomacia norteamericana, son las posiciones contradictorias y antagónicas; en un marco que respete la ley, el orden y las normas internacionales, es inaceptable comulgar con el tuit de Donald Trump, sobre el reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Tampoco es consecuente ni conciliable, con el tuit de Trump, apostar como ha hecho hace dos días el Sr. Joey Hood y anteriormente Blinken y el resto de portavoces de la Secretaría de Estado de Exteriores norteamericana, por una solución justa, duradera y negociada en el marco de las Naciones Unidas, por la designación inmediata del Representante especial del Secretario General de la ONU para el Sáhara Occidental, por la negociación con las dos partes para detener los enfrentamientos bélicos, y por su disposición a seguir colaborando con las dos partes para llegar a una solución definitiva. 

Todas estas declaraciones e intenciones son opuestas a la posición que adoptó Donald Trump. Aunque es evidente que estos pronunciamientos excluyen automáticamente la ilegal postura de Trump, lo cierto es que los Estados Unidos son conscientes de que  Marruecos a pesar de ser un aliado no deja de ser una dictadura feudal y con este tipo de regímenes hay que llamar las cosas por su nombre y apellido. 

Toda esta mezcla de mensajes ambiguos obligan a los Estados Unidos, como primera potencia mundial y actor fundamental en la solución de los conflictos internacionales a posicionarse en el lugar que le corresponde como mediador equilibrado y neutral, y abandonar las políticas cortoplacistas, efímeras, confusas e ilegales del Sr. Trump. 

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