OPINIÓN | La tiranía que rompe con las reglas de la coherencia.

Hatab Abdelhay. - 28/11/2020 - ECSaharaui.


En esta ocasión, el mandatario francés, muy cuestionado en los últimos años, se ha pronunciado acerca de la brutal agresión que recibió el productor de música negro Michel Zecler, porque al parecer no llevaba mascarilla. Lejos de entrar a calificar esta indiscutible violencia desproporcionada, el trasfondo de la cuestión que ha sugerido la intervención del presidente sigue un ejercicio infame de hipocresía, al cual el líder francés está acostumbrado a enseñarnos.

Emmanuele Macron. - EFE.


La violencia policial es un asunto recurrente en Francia, es tanto el hecho, que muchas personalidades de la esfera política, deportistas y actores han venido condenando en estos últimos dos años. Los Chalecos Amarillos, fue un movimiento de protesta social que se formó en Francia a partir del mes de octubre de 2018. El movimiento también se extendió, en menor medida, a otros países vecinos principalmente Bélgica, Países Bajos, Alemania, Italia, y España. La represión policial azota las calles de Francia al más mínimo ejercicio de protesta en una nación que presume del lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.


El ejercicio de hipocresía mediante el cual se pronunció el presidente bajo las declaraciones “Francia es un país de orden y libertad, sin violencia gratuita y arbitrariedad” pronunciadas durante el día de ayer, reflejan un sentido ambivalente y oportunista de su perspectiva de los derechos humanos y su aplicación en relación a donde se produzcan los hechos. Se podría decir que mientras Macron denuncia la brutalidad que azota su país producto de su nefasta gestión presidencial, envía convoyes, equipamiento policial y armas sofisticadas al régimen de Mohamed VI, reproduciendo y perpetuando la ocupación ilegítima que practica su aliado en el continente africano, mediante la cual, somete a la más dura e inhumana represión a la población saharaui que vive en los Territorios Ocupados, a razón de su pensamiento político, obligándole a llevar una vida de alarma constante y sometimiento propios de la época medieval, mientras que el resto habita el desierto más inhóspito del continente en condiciones extremas. 


La república francesa, un país que presume ciegamente de su Estado de Derecho y Bienestar, controla y sigue siendo el país de la UE con mayor presencia en el Sahel debido, entre otras cosas; por sus vínculos históricos y coloniales que han derivado en intereses privados de desposesión. Desde la caída de Gaddafi en 2012, el Sahel se ha convertido en un laboratorio para las potencias occidentales en “su guerra contra el terrorismo”, o mejor dicho, en su plan de administración del miedo de un enemigo que han producido desde la formación de AlQaeda y sus intervenciones en la Primavera Árabe y la Guerra de Siria, cuyo descontrol reconoció la propia Hillary Clinton. Este hecho, como muchos otros, no es visible a los ojos de cualquier ciudadano francés o europeo, aunque, Maquiavelo podría responder a estas cuestiones que trascienden el pensamiento racional, mediante su famoso“El fin justifica los medios”.


Como cualquier otra región de África, los mapas del Sahel se rediseñaron para servir a los intereses de las potencias coloniales sin tener en cuenta la cohesión social y étnica o las aspiraciones de las poblaciones autóctonas, esto impactó en la evolución del territorio y en la población saharaui enormemente. Sin embargo, las fronteras poscoloniales en países como Malí, Níger, Libia, Chad y Sudán pusieron fin a las guerras entre clanes o etnias existentes. Estos vínculos étnicos han contribuido en gran medida al desarrollo de redes y grupos terroristas que brindan importantes oportunidades económicas a los contratistas franceses y europeos, pero también al tráfico ilícito de migrantes, convirtiendo al Sahel en una amenaza para sus vecinos.


Dinero, política y minerales confluyen como los elementos más codiciados desde que se firmara la Conferencia de Berlín en 1884 promovida por la propia Francia y el Reino Unido, cuya explotación en masa a cualquier coste genera problemas que la sociedad africana lleva soportando estoicamente desde el siglo pasado. Las consecuencias sociales han sido catastróficas. 


Esta lucha de intereses, de la que Marruecos es partícipe a título lucrativo y delictivo por penas que castiga el Tribunal de La Haya, conforma una red de intereses en la que diferentes actores internacionales están involucrados y mientras se rifan fosfatos y poder en una guerra de clases liderada por la oligarquía estadounidense, europea y los países del Golfo, el pueblo saharaui resulta víctima y atrapado bajo un yugo del que va a empezar a escapar, y en el que España debe abandonar el teatro gubernamental con la mediación en este conflicto como potencia administradora.


“La libertad nunca es dada, siempre se gana y aunque la propia palabra ya sea una utopía inalcanzable, la esperanza que la mueve mueve montañas”.

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